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Los principios

March 23, 2011

Al igual que Henry Lane Wilson, el infame embajador norteamericano que entablo férrea enemistad con Francisco I. Madero por no otorgarle privilegios para sus negocios particulares (lo cual generó a la postre un episodio cuyas repercusiones aún pagamos más de cien años después ), Carlos Pascual desarrolló ciertas ínfulas feudales en territorio mexicano gracias al colaboracionismo como el que ejemplifica Felipe Calderón. A raíz de los cables liberados por Wikileaks muchos pudimos confirmar algo que ya era vox populi: Calderón no es más que un empleado al servicio de la embajada norteamericana, calificado como un ser inestable, débil, gris, temperamental, inseguro, suceptible a la críticas y demás deficiencias que le imposibilitan, aún desde su ilegitmidad, ejercer un cargo como el que actualmente usurpa. Descripciones que seguro provocaron la diminuta ira del paracaidista de Los Pinos pero sin la sustancia suficiente para provocar un despido como el de Pascual; al contrario, esto es una acción unilateral de Estados Unidos ante la cual los panistas tratan de hacerla un logro meritorio de sus gimoteos, pero el que Calderón haya considerado que es “difícil” trabajar con el ahora ex embajador es eso, un gimoteo hueco sin repercusión.
Con o sin embajador la agenda de Estados Unidos continúa su marcha por tierra y por los aires de la “soberanía” mexicana. Es menester señalar que en el caso de los vuelos ilegales estadounidenses no se puede culpar a un emisario de los gringos sino a sus empleados colaboracionistas en México quienes ante el descubrimiento de más y más violaciones a la Constitución Mexicana sólo atinan a decir “nosotros no sabíamos”. Esta excusa es inadmisible de un presunto poder que dice estar en guerra; el “no saber” de uno de los aspectos relacionados con su “guerra” para luego decir que “van ganando” es una contradicción el cual hay que ser idiota, o panista, para encontrarle sentido y aplaudir desaforado.

Es precisamente esta política de la idiocia por la que se apuesta desde el gobierno federal de facto. El discurso hueco, la retórica contradictoria y las declaraciones estúpidas que van incrementando las páginas de este almanaque de tristes frases que esos vociferan, ya no digamos sin vergüenza, sino absolutamente convencidos de la “inteligencia” de sus palabras. El último ejemplo lo ha dado, ni más ni menos, que el secretario de educación, el “presidenciable”, el empleado de Elba Esther, el tal Lujambio. Este no ha dudado en decir que las telenovelas son de gran ayuda para “educar” a la gente. Hay que preguntar sobre la clase de educación que el señor ese cree que las interminables, recicladas y pueriles historias de La Cenicienta (en sus más bastardas y rebuscadas versiones) son de valor pedagógico para las familias mexicanas que son presas de esta contaminación televisiva. Aunque, pensándolo mejor, no hay nada que indagarle al secretario; su demencia puede ser explicada por la coyuntura electoral la cual exige cada vez menos sentido común de los tapados para ser considerados “candidateables” por las televisoras, y otros poderes fácticos, para así tener al mejor y más patético títere para manipular. De tal forma tenemos que ahorrar bilis pues seguramente esta oleada de expresiones pletóricas de “sensatez” las escucharemos con frecuencia.

Sin embargo no sólo los conservadores ostentan la protestad del ridículo; también podemos ver dignos representantes dentro del sector de los moderados quienes, como falderos del poder que legitiman, ejercen un papel de presunta oposición alegando que Calderón no es capaz ni ha sabido resolver los problemas de la agenda nacional, esto, si bien es cierto, no tiene valor alguno cuando estos sumisos de la “izquierda moderna” se postran ante el objeto de sus “críticas” rogándoles una alianza electoral. ¿Para que querría alguien aliarse con aquellos a los que califican de ineptos? Es simple la respuesta como la pregunta: al igual que el gobierno federal, los moderados son usurpadores, estos en cuanto al rol de oposición. Por ello existe tanto entendimiento, tantas coincidencias que parecen paridos en la misma camada.
Ergo, los principios no son los que unen al PAN y al PRD sino la ausencia de estos.

Es precisamente la ausencia de principios nacionalistas lo que ha provocado el deterioro de la industria petrolera en México. Lo que pudo ser el, literalmente, combustible de la maquinaria que llevaría al país a un nuevo impulso en su desarrollo, se transformó en la caja chica de una pandilla de ladrones quienes sustrajeron miles de millones para fines particulares. Mientras el mundo está en guerra por la posesión del petróleo, en México seguimos permitiendo esta industria sea regenteada por extranjeros mediante figuras legales diseñadas para una sigilosa privatización, sin invasiones, sin bombas, sin tropas. Antes podíamos jactarnos de la pertenencia de nuestro petróleo mediante el ejercicio de los subsidios a combustibles, pero ahora ya ni con eso contamos. En su lugar pagamos por gasolinas extranjeras, de mala calidad, de alto precio que transportan familiares como los Mouriño y demás rémoras del patrimonio de nuestra soberanía.

Contrario a lo que la ley de los ladrones dicte, el petróleo es nuestro por derecho y no hay fórmula leguleya que esté por encima del interés nacional.

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